Lee una pequeña historia mía

The Culling

Donde te haces mayor, y nada es lo que parece

De pequeña me regalaron un reloj muy extraño: tan solo contenía 48 minutos.

Mis hermanas, unas espabiladas que no tienen reparo alguno en adueñarse de lo que no es suyo, siempre dicen que no es mío. Que nos lo regalaron a todas. Ja. Mentira. Yo soy la mayor, y por tanto, me pertenece.

Es lo único que me queda de mi madre.

Mi madre era maravillosa, ¿sabes? Era tierna y bondadosa, eso lo recuerdo. Sus abrazos calentitos, también. Siempre podías ver a través de ella, no tenía secretos. Ojalá recordara más: nos separaron tan rápido que una borrosa impresión es todo lo que me queda de ella. No sé por qué no pudo cuidarnos. No sé por qué nos alejaron de ella.

Lo que sí sé es que mi madre y yo estábamos juntas, y al cabo de un instante, solo me quedó el frío de su ausencia, un contacto desconocido, y un lugar nuevo. Más oscuro. Extraño, con un coro de voces que arrullaba mi soledad. Al otro instante, mi reloj y sus 48 minutos.

Mientras lloraba su pérdida, sus ostentosas cifras bajaron a 47. Tampoco es que yo supiera contar, claro, era demasiado pequeña por aquel entonces.

La vida tal y como la conozco ahora empezó en ese momento, en ese instante en el que cambié a mi madre por un reloj que ni siquiera tiene la hora entera. Mi muy especial regalo de cumpleaños. Pero la vida sigue, eso todas aquí lo tenemos claro. Sigue para adelante a una velocidad vertiginosa.

—Me dicen que somos las que tenemos un récord más alto. 48 minutos, ¡es una pasada! —me dice Txita, que es mi hermana más joven, y parlotea orgullosa desde su rincón.

Junto a ella está Tibu, la gruñona, que por desgracia ha sido bendecida con mucha más belleza que paciencia.

—Será más bajo, niña. Un récord más bajo. Somos el grupo más rápido —le espeta sin miramientos.

Miro a mi alrededor, al resto de mis hermanas. De hecho, quizás tengamos posibilidades de verdad: Küken tiene piernas ágiles, y Dama ha entrenado tanto para el Salto que apenas duerme, concentrada como está en superar la prueba. Tibu, por su parte, esconde un fuerte sentido del deber si te atreves a escarbar bajo sus muchos muros de sarcasmo.

—Las chicas somos guerreras, podemos con todo —continúa la benjamina, y parece totalmente impermeable al mal humor de su hermana mayor.

Aun así, Txita me preocupa un poco, debería prepararse más. O quizás no… quizás es mejor que siga siendo nuestro estandarte de optimismo e inocencia. Nos da fuerzas, ¿sabes?

A veces, hablamos de qué haremos cuando pasemos el Salto y empecemos nuestra vida adulta. De si haremos nuevas amistades, de cómo será la comida al otro lado o de si encontraremos un oficio de provecho para enorgullecer a nuestra madre. Pero sobre todo hablamos de ella, sí, de lo mucho que la echamos a faltar, y de qué diría si pudiera vernos ahora.

Veinte minutos enteros desde nuestra separación. Toda una eternidad, si me preguntas.

Ahora el reloj marca otro número rojo sobre nuestras cabezas. 28. Ya falta poco.

En una ocasión, cuando aún rondábamos por el minuto 32, una desconocida intentó matarme. Bueno, a ver, no puedo asegurar que esas fueran sus intenciones, solo me dio un empujón. Pero podría haberme caído y roto algo, podría haber perdido el compás y al resto de las chicas, y eso es casi lo mismo que morirse. La vida aquí no espera por nadie, para nada, y si te detienes yo creo que te mueres. O te pasa algo malo. Nunca se oyen muchas conversaciones bajo la calle donde vivimos.

Quizás es que la calle va demasiado rápido.

El caso es que era ese condenado minuto 32, y casi me mata esa tipa. Yo entonces todavía era pequeña, cuidado, no tan grande y madura como soy ahora. Es casi un milagro que no perdiera el equilibrio y que consiguiera quedarme dentro, junto a Tibu, que me ayudó a recuperarme. Le dije de todo, a esa desconocida. Me enfrenté a ella, porque ninguna de mis hermanas menores va a poder decir nunca que soy una cobarde. Aun así, mi contrincante no era para nada digna, me suplicaba que no me enfadara, que no la atacara, que solo tenía miedo.

—Pensaba que tu lugar era mejor que el mío, lo siento…

Como quise también ser un referente de compasión para las pequeñas, dejé el tema. De todas maneras, no tenía sentido castigar a alguien tan patético. Ella ni siquiera tendría nunca su propio reloj.

Por supuesto que manteníamos un buen lugar en la calle, mis hermanas y yo. Lo habíamos trabajado. Habíamos apartado a gandulas varias, a cobardes, y a otras inútiles que no se merecían un sitio privilegiado como aquel. Lo habíamos planeado desde el minuto 45, cuando empezamos a entender las voces que antes pensábamos eran música ambiental en la calle.

Las voces pertenecen a la familia que tenemos a fuera, en el exterior, que están deseando conocernos. En realidad, el mundo es inmenso, ¿sabes? Cuando seamos mayores, podremos explorarlo entero. El mundo es grande, sí, y si miramos arriba entrevemos que hay lugares menos oscuros que el nuestro, más brillantes y más ruidosos si cabe, llamándonos para que lleguemos cuanto antes allí a celebrar. Llevamos tanto tiempo oyendo su llamada que casi ya no la registramos, pero siempre la llevamos en el corazón:

—¡Sois chicas! —nos gritan unas.

—Todas chicas, ¡no lo olvidéis! —nos insisten otras.

Quizás tú lo encuentres extraño, pero a nosotras nos parecen unas palabras de ánimo maravillosas. Piensan en nosotras: nos esperan.

Desde ese minuto 45, somos todas chicas.

Es entonces cuando mis cuatro hermanas y yo conseguimos la fuerza mental para preparar la prueba que sabíamos venía. Si la superábamos, y si no olvidábamos las voces, llegaría nuestro turno de vivir en ese mundo nuevo que nos llamaba.

Y así, 13 minutos más tarde, nos encontramos con el Salto. Asumimos de inmediato la formación que hemos discutido y practicado tantas veces: Tibu y yo iremos delante, marcando el ritmo para nuestras hermanas. Txita irá al medio, la posición mejor protegida. Eso deja a Dama y Küken en la linea trasera, cubriendo la retaguardia. No será fácil, pero lo conseguiremos. Hemos nacido para esto.

A solo unos metros de nosotras, vemos el túnel. La calle se acerca rápidamente, a penas sin dejarnos tiempo a respirar. A nuestro alrededor, todas las otras gritan, aterrorizadas, quizás sabiéndose no preparadas para afrontar su destino. Nosotras no gritamos, no nos movemos, estamos listas. En cuanto las luces se apagan por completo, y antes de sentir el acelerón masivo bajo nuestros pies, me agacho.

Y saltamos.

Salimos disparadas junto a la muchedumbre, tan alto como nunca he saltado en mi vida. Tibu y yo nos agarramos como podemos, intentando mantener formación. El ruido es ensordecedor, es el rugido potentísimo del túnel, un shhhooo aullador seguido de muchos cla cla cla, pero también es el ruido de todas las chicas de nuestro rincón del mundo saltando al mismo tiempo. Consigo ver el cielo un momento, como antes, más cerca de lo que nunca lo he visto. Gris y monótono, como siempre. Tras los gritos, quizás todavía oigo las voces, aun animándonos a continuar, a mirar hacia adelante y a aterrizar como es debido. Así que lo hacemos. Tibu y yo vemos la oscuridad apremiante que nos va a engullir, como una boca siempre hambrienta, pero no cerramos los ojos.

Aterrizamos sanas y salvas al otro lado de la calle. No me he roto nada, y el contacto con el suelo no ha sido tan terrible como pensaba en un principio.

Lo primero que hago, por fin superado el Salto, es mirar mi reloj. 27. Hemos pasado la prueba, y todavía nos queda mucho tiempo.

Un grito de alarma interrumpe entonces mi felicidad. Es sin duda la voz de Dama. Me giro, y la veo chillando desconsolada. Küken, menos dada a expresarse con palabras, parece más callada de lo habitual, y tiene una expresión extraña en su cara.

—¿Qué ocurre? —le pregunto, pero ella solo niega con la cabeza—. ¡Chicas, vamos, hablad! ¿Qué ha pasado?

Entonces caigo, pero no como antes, no al vacío de la boca. Caigo en la cuenta de que falta una de nosotras.

—¿Dónde está Txita?

Por fin Dama abre la boca, entre sollozos.

—Saltaba delante, todo como planeamos, pero… —una pausa— Se desequilibró en el aire. No sé cómo, yo intenté agarrarla, pero su trayectoria no fue bien…

—¿Dónde está mi hermana pequeña? —repito, impaciente.

Küken me responde entonces, viendo que a Dama le está costando explicarse.

—Cayó fuera. No lo ha conseguido.

Hay entonces un silencio entre nosotras, espeso como el aire que nos envolvía en el abrazo de nuestra madre. Y luego nada. El reloj marca ahora 26.

No volvemos a hablar de Txita.

Pasamos los siguientes minutos de nuestra vida en ese pegajoso silencio que se ha instalado, hasta que Tibu menciona que estamos más cerca de las voces. Los dioses nos esperan para el juicio, y la calle sigue moviéndose, nunca para, nunca se detiene. La vida sigue y el mundo apenas se inmuta.

Es el minuto 20 y yo solo puedo pensar en que soy la hermana mayor. El reloj es mío, y aun así he fallado. Pero… quizás todavía pueda remediarlo. Quizás todavía pueda asegurar el futuro de las otras tres.

Cuando llegamos a las puertas de los dioses, me fijo en lo que pasa adelante, ávida de información. Es un mal consejo, lo sé. Para llegar a la vida adulta, es mejor concentrarse solamente en ti y en hacerlo bien. Sin embargo, mientras mis hermanas empiezan a recuperarse y a serenarse, yo no despego ojo de lo que ocurre a unos metros nuestros. A medida que nos acercamos, los dioses se van haciendo más grandes y terroríficos. Agarran una a una a cada pobre alma para inspeccionarlas, con suavidad pero con convicción. Nadie se libra de su escrutinio, que en menos de un segundo ya ha emitido juicio.

No tenemos nada que temer, en realidad: todas somos chicas. Y todas las chicas que pasan el Salto llegan al otro lado y pueden empezar allí su nueva vida.

Entonces, ¿por qué la calle se parte en dos?

No soy demasiado inteligente, ¿sabes? Nunca fue mi mayor cualidad. Soy más una soldado que una general. Pero el camino se bifurca, eso está claro, y no hace falta ser muy avispada para entender que solo la mitad acabarán en la calle correcta.

Minuto 18 y yo tengo poco tiempo para averiguar cuál de ellas es. Las voces no ayudan. Ahora parecen más histéricas que nunca, llamándonos a su lado, pidiendo que vayamos con ellas. Veamos, hay dos calles, y más o menos la mitad de nosotras irá a una, y más o menos la otra mitad a la otra. Hay unas voces, las de nuestra nueva familia, llamándonos.

Son todas chicas. Y están hacia mi derecha.

De las dos calles, una va a la izquierda y la otra hacia la derecha. Hacia las voces.

Puede que no tenga relación alguna, y esté siendo una exagerada. Puede que tal y como nos dicen las voces, todas seamos chicas.

Miro a mis hermanas: quedamos cuatro. Küken, Dama, Tibu y yo. Solo la mitad irá en la calle de la derecha. La otra mitad irá a la de la izquierda y a su misterioso destino. Vuelvo la vista al frente, minuto 17 y ya casi tenemos a los dioses encima. Hay cuatro, dos a cada lado, sus figuras tan enormes que nos tapan la poca luz que tenemos. Nos van a agarrar una a una. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Cuál es la diferencia? Los dioses parecen mirar nuestro cuerpo, y hay algo que es distinto en todas las que acaban en la calle izquierda.

Piensa, ¡piensa! ¿Qué miran? Nos levantan los brazos, y nos inspeccionan…

Y entonces por fin la descubro. O eso creo. La diferencia. La misma diferencia que ahora veo entre nosotras.

—Chicas —llamo—, cuando lleguemos a ellos, escondeos detrás de la que tenéis delante. Muy muy pegadas a ellas, ¿de acuerdo?

Mis hermanas se quejan, confundidas. No tienen nada que temer. Los dioses no hacen daño a nadie, todo el mundo lo sabe. Pero yo insisto y no acepto réplicas. No sé qué cara pongo, pero surte efecto, y mis hermanas se hacen hueco entre las filas. Las desconocidas a penas las notan bajo ellas, tan juntas, porque están demasiado ocupadas admirándose de la grandeza de las divinidades. Yo estoy a un lado con Tibu, Dana al otro con Küken.

Minuto 16 y evitamos el contacto del primer dios astutamente, escondiéndonos bajo la piel ajena. Pero llega el siguiente, con esos apéndices monstruosos que se acercan a nosotras a un ritmo tan insalvable como el de la calle bajo nuestros pies. Se dispone a agarrar a Tibu, y yo veo claramente la bifurcación, tan solo medio metro adelante, esperando el resultado del juicio.

Las hembras a la derecha, y los machos como Tibu y como yo, a la izquierda.

No lo dudo, cuando el dios ya se cierne sobre él, pellizco su mano con todas mis fuerzas. El dios emite un grito de sorpresa, y me agarra a mí en su lugar, furioso. Pero mi reloj ahora marca 15, y es demasiado lento, y la calle nunca frena, nunca se para, porque la vida sigue adelante. Empujo a Tibu hacia la derecha mientras la mano se cierra a mi alrededor. Lo empujo junto con mis hermanas, que ya han pasado su inspección.

Y en el medio del caos, Tibu se camufla junto a ellas, las plumas que lo delataban bien ocultas en su cuerpecito redondo. Me miran, mis queridas hermanas pequeñas. Y mi recién descubierto hermanito, claro.

Me miran, y yo los miro, y apenas me inmuto cuando el dios, al que nadie puede engañar, me deja en la calle izquierda. Lejos de mi familia, de las voces, y acercándome cada vez más a un destino misterioso. Escucho mi nombre como una súplica.

—¡Pollito!

A mi alrededor, el mundo se vuelve más oscuro para los que quedamos en esta calle. Estamos en un túnel, uno muy largo. En algún momento salimos, y nos encontramos ahora en una plaza bien grande. Gris, como todo en mi mundo. Mi reloj vuelve a aparecer sobre nuestras cabezas. En sus números leo el 10.

Luego el 8, y en algún momento el 3. Sin yo despegar la vista de él, baja al 1.

Cuando llega al 0, y el pistón baja sobre nosotros, los machos que nunca tuvieron un futuro, siento una extraña felicidad.
Creo que mi madre se hubiera sentido orgullosa.